Lecciones vitales – I – Oncología Médica

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Este año llevo una planificación de curso un tanto peculiar… más adelante la compartiré íntegramente, pero es excesivamente extraña por una serie de circunstancias. El caso es que este curso estoy matriculado de Onco-hematología (una asignatura de 6º en la UMU) y hay mucho qué decir al respecto de esta asignatura. La parte de hematología no puedo decir que me guste, la verdad, a mí personalmente ver los primeros temas de anemia me dan ganas de meterle fuego a los apuntes y se acabó, pero la parte de oncología me parece francamente interesante, de hecho, no la descarto como posible futura especialidad para el MIR.

En lo que respecta a la práctica clínica la gran mayoría de su labor se desarrolla en consultas externas. Es un campo – por suerte – en continúo avance e investigación con sus más y sus menos, pero avance continuo. Y, probablemente, una de las especialidades “más humanas”. Quizás, estudiarla tampoco es demasiado amena… Empollarse la estadificación del cáncer de pulmón me cuesta creer que a alguien le guste, pero en la práctica clínica si te gusta el trato cercano con los pacientes, investigar sobre fármacos nuevos y alternativas terapéuticas, buscar soluciones y demás es una especialidad más que recomendada.

Ahora, es jueves y son las doce y media de la noche… Y hace tres días tuve que ir a acompañar a un familiar al mismo hospital donde realicé mis prácticas de oncología (por respeto y privacidad obviaré nombrar no sólo el nombre del paciente – como es obvio – sino también el del hospital), allí me crucé con uno de los pacientes que más me hizo reflexionar en mi vida. Él tenía 28 años, politoxicómano, aislado socialmente, la familia rechazaba cualquier tipo de contacto… Tenía un tumor germinal mixto con múltiples metástasis, en tratamiento con quimioterapia meramente paliativa (para aliviar los síntomas) y además debido a su situación socio-familiar tenía mala adherencia al tratamiento.

Durante más de una semana cada día lo visitábamos, era el único paciente de la planta que no tenía a nadie en la cama de al lado, estaba siempre a oscuras y apenas nos hablaba, tan sólo se quejaba de los dolores óseos (por las metástasis óseas). Cada día pensaba en la vida de ese chico que tan sólo me saca seis años, en cómo se debía sentir y en la de días, semanas o meses qué haría que nadie realmente se sentaba a su lado a preguntarle algo tan sencillo que cómo se siente.

Intento que las cosas que veo en prácticas y resultan duras se queden en prácticas, pero hay algunas historias – por desgracia, suelen ser las más dramáticas – que no es fácil sacarte de la cabeza. Durante varios días esa fue mi rutina acompañando a la adjunta: pasar cada mañana a ver cómo se encontraba, prometerle ajustarle el tratamiento y volver a dejarlo solo pues no había tiempo para más con tanto paciente en planta. Acabó mi rotación y a los días pensé en cómo le iría con la esperanza de que saliese adelante…

Y, como decía, el lunes estuve en el hospital y allí me crucé con él. Él no se acordaba de mí, yo tan sólo era un chaval de 22 años con una bata que entraba en su habitación a ver cómo estaba, uno más como tantos otros enfermeros, médicos, auxiliares… que entraban en su cuarto cada día. Pasó por en medio de una sala de espera llena hasta la bandera, con su gorrilla tapando la alopecia causada por la quimioterapia, ropas ajadas y más que desgastadas y aparentemente sólo. Al fondo de la sala lo esperaba una chica, su novia o su hermana, supongo. Y él sonreía, su cara mostraba un halo de esperanza a pesar de su situación complicada. Entraba y salía impaciente esperando que su oncóloga lo llamase.

Al rato llegó otro paciente a la sala de espera, su perfil era el mismo: chico joven, ligeramente mayor que yo, tapando su falta de pelo con una gorra, nervioso, impaciente por lo que le pudiese decir su oncóloga… y ambos se saludaron, guardaban una amistad que une más que cualquiera de las que podamos tener los demás, con sus diferencias, sufrían lo mismo, se comprendían, se respetaban y con un apretón de manos, una sonrisa y un “suerte” se transmitían decenas de sentimientos.

Esa escena me hizo reflexionar excesivamente y recordar muchos de los motivos por los que entré en Medicina. También me incitó a la autocrítica y a recordar cuáles son los verdaderos problemas. Creo que la rotación por Oncología ha sido la experiencia más enriquecedora, a nivel vital, de mi carrera y recomiendo que todos los estudiantes que puedan roten por un servicio de Oncología, dejando a un margen la carga académica (aprendes mucho sobre fármacos, diagnóstico, estadificación, investigación oncológica…) que es elevada… merece la pena.

* Fuente de la imagen google images – casapia.com

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