Carta a una mujer con cáncer de mama

Pequeña carta que, probablemente, nunca será leída por su destinataria: una paciente con cáncer de mama que tuve la suerte de conocer de casualidad.

Estoy casi seguro de que no te acordarás de mí.
Yo sólo pasaba por Urgencias de casualidad, acabando un día de prácticas que tuve que hacer guardia en Traumatología.
Soy aquel chico con bata, barba y pelo largo al que una doctora de Urgencias le comentó tu caso porque era interesante desde el punto de vista docente. Tú tuviste que perder una vez más el pudor, levantarte la camiseta y retirar tu sujetador. En tu pecho había una tumoración enorme, de más de 6 centímetros y completamente ulcerada.
Te acababan de decir que tenías cáncer de mama y aún sonreías y nos demostrabas con tu actitud que a la vida había que echarle coraje y que rendirse nunca es una opción.
Tu hermana nos contaba que tenías que cuidar de tu madre y que no tenías tiempo para ti, tú sonreías como un niño pequeño que se sabe culpable ante la reprimenda de sus padres. También nos comentaba que las ulceraciones eran porque te rascabas constantemente, porque te molestaba.
Recuerdo que aquel mismo día te dieron cita con Oncología a lo que tú te despediste con un gracias y un hasta luego.
No puedo mentirte, me quedé asombrado y mi primera pregunta tras salir tu de la consulta fue “¿cómo es posible?”, me asombró que alguien pudiese despreocuparse tanto por su propia salud y llegar a tener esas ulceraciones.
Esa misma noche en mi casa pensé en ti, en tu vida, en lo mucho que seguramente necesite de ti tu madre y en lo sumamente orgullosa que estará de que estés a su lado, en lo bien atendida que la tendrás a pesar de que te cueste la salud… y en la gratitud eterna que ella siempre te tendrá.
No puedo negarlo, los pacientes oncológicos cada día me ganáis un poquito más y me hace replantearme si quiero ser un futuro psiquiatra porque algún día me gustaría poder ayudar a gente – tan buena – como tú.
Hoy, por motivos que nada tienen que ver con la carrera, he tenido que pasar por una sala de espera de Oncología. Allí estabas tú, sola. Supongo que tu hermana estará cuidando de tu madre y nadie te habrá podido acompañar. Supongo que entregarse a los demás en exceso, a veces, conlleva estar solo.
Después me fijé más detenidamente en ti, vestida como aquel día, demostrando que las apariencias en la mayoría de casos son sólamente eso, apariencias superficiales. Tus manos temblaban, se movían deprisa, al compás de tus pies que repiqueteaban el suelo a la espera de tu turno.
Lo primero que he recordado al verte era como hablabas de tu madre, espero que siga bien, que las sigas cuidando, que te cuide, aunque no pueda moverse demasiado. Sigo estando seguro de que estará muy orgullosa de ti, que te acompañará en tu lucha en cada momento y que, aunque no pueda moverse, ella será tus rodillas cada vez que las tuyas se quieran doblar.
No era el momento, ni yo era quién, ni me parecía correcto usar los recuerdos de algo que vi en una práctica para acercarme a preguntarte si te acordarías de mí, siquiera cómo te iba… Sólo he podido regalarte un “Buenos días” con una sonrisa y una mirada sincera.
En el fondo con ese “Buenos días” quería desearte que cada uno de tus días sean los mejores de tu vida, que tu vida sea larga, duradera y acompañada de los tuyos. Y con esa mirada transmitirte un abrazo, un “ánimo” y un “no te rindas nunca”.
A ti, que no me conoces de nada, te deseo buena suerte… y que nos veamos durante mucho tiempo.

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