Al final del camino…

Breve reflexión y relato sobre la muerte desde el punto de vista de un estudiante de Medicina…

La vida (y la muerte) es algo que casi con total seguridad la mayoría de los estudiantes de Medicina y, por extensión, los médicos vemos de una forma totalmente distinta a la mayoría de la gente que no vive por y para la salud. Por lo general, y más en la cultura latina, la muerte es casi un tema tabú, algo de lo que se prefiere no hablar y se antoja lejano, como si siempre les pasase a los demás… Y que cuando ocurre a alguien cercano nunca se sabe del todo cómo afrontarlo. Para un médico la muerte pasa a ser simplemente la última etapa de una vida.

Recuerdo perfectamente como el pasado noviembre rotando por Neurología una paciente que había sufrido un ictus días previos falleció, la hija vino al control de enfermería corriendo a avisar y la actitud de mi adjunta fue correr a la habitación, comprobar que efectivamente había fallecido, consolar a la hija y a los 2 minutos a otra cosa, “hay muchos pacientes que ver todavía“. En esa situación comprendes que la vida sigue, que la gente sigue necesitando que tú  continúes y que rendirse y venirse abajo nunca debería de ser una opción por duro que parezca.

La cuestión es que ese punto de cierta “deshumanización” (bien entendida) que requiere en muchas ocasiones el trabajo de médico desaparece por completo cuando tú eres el familiar del fallecido. El pasado miércoles mientras yo asistía a seis horas de habilidades clínicas de traumatología falleció mi abuelo por un shock séptico. Estaba ingresado bajo sospecha de septicemia, pero nadie esperaba que se chocase en cuestión de diez minutos. Esa noche volviendo a casa de mis padres para asistir al tanatorio, entierro y demás se me pasaban por la cabeza muchísimas cosas y entre ellas las caras de algunas de las personas que lloraban en su día desconsoladas ante mí porque habían perdido a su familiar y yo tan sólo podía escucharlas y devolverles una mirada de afecto y comprensión.

Ante la muerte de un ser querido hay pocas opciones… y más aún para los que – como yo – pecamos de eclécticos y no comulgamos con la religión. Pero, al final, sólo queda una opción: afrontarlo, superarlo, usar el dolor que supone la pérdida de un ser querido como punto de amarre para mirar tu vida con cierta distancia, recordar lo que realmente importa y continuar peleando por conseguir tus sueños.

Deja un comentario